El 4 de octubre pasado me tocó ir a un juego de futbol holandés en la ciudad de Eindhoven donde el equipo de casa, el PSV, goleó por tres goles a cero al conjunto de De Graafschap, mejor conocido como los “Super Farmers”.
Fue gratificante ver a un paisano en el terreno de juego. El mexicano Carlos Salcido (foto) es el defensa central del PSV, jugó de titular todo el encuentro y tuvo una destacada actuación en el partido. El público le reconoció sus esfuerzos aplaudiéndole en varias intervenciones.
Las iniciales PSV corresponden a Philips Sports Vereniging, que quiere decir la Unión Deportiva de Philips. Y sí, la empresa Philips tiene una presencia importante en la ciudad de Eindhoven, donde residen sus oficinas generales. Así como la ciudad de Orlando, Florida no sería nada sin Disney, Eindhoven no sería nada sin Philips.
Pues bien, el presenciar el juego de futbol desde las gradas del Philips Stadion fue una experiencia única y al mismo tiempo no pude evitar hacer la comparación con el futbol que se juega en mi natal México.
Aunque también, cuando digo futbol holandés, creo que abarco las dimensiones circunvecinas del futbol europeo en general. Años atrás me tocó ir a un juego de la liga sueca de futbol y es más o menos lo mismo.
De entrada les digo que el futbol holandés es más rápido. Y no solamente en cuanto a la frecuencia de llegadas a la portería rival, sino que me refiero también a que hay menos interrupciones en el partido. El árbitro es más tolerante a las faltas cometidas y pita solo cuando no queda ninguna duda de que hubo falta.
Con ello, el público holandés reclama cuando el árbitro pita una falta porque quieren que el partido continúe sin interrupciones; en cambio en México los aficionados reclaman cuando el árbitro no pita una falta queriendo detener el juego.
Por otro lado el espectáculo en el futbol holandés es el juego en sí y el show lo conduce el balón. En Holanda no hay nada de shows de medio tiempo, fuegos artificiales, música a todo volumen antes del juego, ni porristas semidesnudas haciendo pasos de baile como las “vaqueritas” de Carta Blanca.
En el estadio del PSV está prohibido fumar y no hay vendedores en las escaleras o pasillos con sus hieleras con cervezas o coca-colas. Tampoco pasando por las butacas vendiendo papitas, cigarros, semillas, o algodones de azúcar. ¿Algodones de azúcar? Wow, jamás lo había pensado, ni que fuera feria.
Si quieres comprar cerveza o botana en el estadio del PSV tienes que salirte a las tienditas que tienen afuera de las gradas, y la mayoría de los aficionados lo hace durante el medio tiempo.
En cuanto a porras y sonidos en las tribunas, el público holandés es más sobrio que el mexicano. A pesar de que sí hay algunos cánticos que provienen de ciertas partes de las gradas, no se ven aficionados con las caras pintadas, no se escuchan tambores o cornetas, no hay banderas gigantes con los colores del equipo, ni los cánticos son tan variados como los que ofrecen barras mexicanas como los “Libres y Lokos” de los Tigres o “La Adicción” de los Rayados del Monterrey.
Tanto en Holanda como en México, la emoción de gritar un gol se siente con toda la pasión del estadio. Creo que en eso no somos tan diferentes.
En conclusión, fue una experiencia cultural interesante y si les gusta el futbol (o cualquier otro deporte), les recomiendo que cuando viajen a otro país traten de programar ir a un evento deportivo. Es una excelente manera de conocer más sobre la cultura del país